=> La Metamorfosis - Franz Kafka (Resumen + Libro)



Valoración Personal: 6/10


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El pdf tiene la historia completa, en el libro habrá comentarios extras.


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Exponer un resumen aquí con párrafos clave como en los demás libros, es un poco difícil. La obra es muy lenta, todo sucede en un corto espacio de tiempo muy detallado y extenso, donde se recrea mucho, por lo que poner párrafos clave sería poner medio libro.
Además, en la obra hay más narrativa que párrafos clave reflexivos, por lo que también es dificil extraer párrafos clave representativos para resumir lo que va queriendo transmitir.

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Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.

—Gregorio —dijo una voz, la de la madre—, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a marcharte de viaje?
¡Qué voz más dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, sí, pero que salía mezclada con un doloroso e irreprimible pitido, en el cual las palabras, al principio
claras, con claras, confundíanse luego, resonando de modo que no estaba uno seguro de haberlas oído. 


En esto, llamaron a la puerta del piso. “De seguro es alguien del almacén” —pensó Gregorio, quedando de pronto suspenso, mientras sus patas seguían danzando cada vez más rápidamente. Un punto, permaneció todo en silencio. “No abren”, pensó entonces asiéndose a tan descabellada esperanza. Pero, como no podía por menos de suceder, sintiéronse aproximarse a la puerta las
fuertes pisadas de la criada. Y la puerta se abrió. Bastole a Gregorio oír la primera palabra pronunciada por el visitante, para percatarse de quién era. Era el principal (su superior en el trabajo) en persona.

¿Por qué estaría Gregorio condenado a trabajar en una casa en la cual la más mínima ausencia despertaba inmediatamente las más trágicas sospechas? ¿Es que los empleados, todos en general
y cada uno en particular, no eran sino unos pillos? ¿Es que no podía haber entre ellos algún hombre de bien que, después de perder aunque sólo fuese un par de horas de la mañana, se volviese loco
de remordimiento y no se hallase en condiciones de abandonar la casa? ¿Es que no bastaba acaso con mandar a preguntar por un chico, 
suponiendo que tuviese fundamento esta manía de averiguar, sino
que era preciso que viniese el mismísimo principal a enterar a toda una inocente familia de que sólo él tenía calidad para intervenir en la investigación de tan tenebroso asunto?
  


—Gregorio —dijo por fin el padre desde la habitación contigua de la izquierda—, Gregorio, ha venido el señor principal y pregunta por qué no te marchaste en el primer tren. No sabemos lo que debemos contestarle. Además, desea hablar personalmente contigo. Con que haz el favor de abrir la puerta. El señor principal tendrá la bondad de disculpar el desorden del cuarto. —¡Buenos días, señor Samsa! —terció entonces amablemente el principal—. No se encuentra bien —dijo la madre a este último mientras el padre continuaba hablando junto a la puerta—. No está bueno, créame usted, señor principal. ¿Cómo, si no, iba Gregorio a perder el tren? Si el chico no tiene otra cosa en la cabeza más que el almacén.
—Señor Samsa —dijo, por fin, el principal con voz campanuda—, ¿qué significa esto?
Se ha atrincherado usted en su habitación. No contesta más que sí o no. Inquieta usted grave e inútilmente a sus padres y, sea dicho de paso, falta a su obligación en el almacén de una manera verdaderamente inaudita. Le hablo a usted aquí en nombre de sus padres y de su jefe, y le ruego muy en serio que se explique al punto y claramente.


—¿Han entendido ustedes una sola palabra? —preguntaba éste a los padres—. ¿No será que se hace el loco? —¡Por amor de Dios! —exclamó la madre, llorando—. Tal vez se sienta muy mal y nosotros le estamos mortificando. —Y seguidamente llamó: —¡Gregorio! ¡Grete! —¿Qué, madre? —contestó la hermana desde el otro lado de la habitación de Gregorio, a través de la cual hablaban. —Tienes que
ir en seguida a buscar al médico; Gregorio está malo. Ve corriendo.
  


Gregorio se deslizó lentamente con el sillón hacia la puerta; al llegar allí, abandonó el asiento, arrojose contra ésta y se sostuvo en pie, agarrado, pegado a ella por la viscosidad de sus patas. Descansó así un rato del esfuerzo realizado. Luego intentó con la boca hacer girar la llave dentro de la cerradura. Por desgracia, no parecía tener lo que propiamente llamamos dientes. ¿Con qué iba entonces a coger la llave? Pero, en cambio, sus mandíbulas eran muy fuertes, y, sirviéndose de ellas pudo poner la llave en movimiento, sin reparar en el daño que seguramente se hacía, pues un líquido oscuro le salió de la boca, resbalando por la llave y goteando hasta el suelo. —Escuchen ustedes —dijo el principal, en el cuarto inmediato—; está dando vuelta a la llave—. Estas palabras alentaron mucho a Gregorio. Pero todos, el padre, la madre, debían haberle gritado: —¡Adelante, Gregorio!—. Sí, debían haberle gritado: —¡Siempre adelante! ¡Duro con la cerradura!—. E imaginando la ansiedad con que todos seguirían sus esfuerzos, mordió con toda su alma en la llave, medio desfallecido. Y, a medida que ésta giraba en la cerradura, él sosteníase, meciéndose en el aire, colgado por la boca, y, conforme era necesario agarrábase a la llave o la empujaba hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El sonido metálico de la cerradura, cediendo por fin, le volvió completamente en sí. —Bueno —se dijo con un suspiro de  alivio—; pues no ha sido preciso que venga el cerrajero—, y dio con la cabeza en el pestillo para acabar de abrir.  

Y aún estaba ocupado en llevar a cabo tan difícil movimiento, sin tiempo para pensar en otra cosa, cuando sintió un “¡oh!” del principal, que sonó como suena el mugido del viento, y vio a este señor,
el más inmediato a la puerta, taparse la boca con la mano y retroceder lentamente, como impulsado mecánicamente por una fuerza invisible. La madre —que, a pesar de la presencia del principal estaba
allí despeinada, con el pelo enredado en lo alto del cráneo— miró 
primero a Gregorio, juntando las manos, avanzó luego dos pasos hacia él, y se desplomó por fin, en medio de sus faldas esparcidas
en torno suyo, con el rostro oculto en las profundidades del pecho. El padre amenazó con el puño, con expresión hostil, cual si quisiera empujar a Gregorio hacia el interior de la habitación; volviose luego, saliendo con paso inseguro al recibimiento, y, cubriéndose los ojos con las manos, rompió a llorar de tal modo que el llanto sacudía su robusto pecho.
  


El principal había dado media vuelta, y contemplaba a aquél por encima del hombro, convulsivamente agitado con una mueca de asco en los labios.  
Gregorio comprendió que no debía, de ningún modo, dejar marchar al principal en ese estado de ánimo, pues si no su puesto en el almacén estaba seriamente amenazado. No lo comprendían los
padres tan bien como él, porque en el transcurso de los años habían llegado a hacerse la ilusión de que la posición de Gregorio en aquella casa sólo con su vida podía acabar; además, con la inquietud del momento, y sus consiguientes quehaceres, habíanse olvidado de toda prudencia.
  


Al llegar a la puerta, comprendió que lo que allí le había atraído era el olor de algo comestible. Encontró una escudilla llena de leche azucarada, en la cual nadaban trocitos de pan blanco. A poco si
suelta a reír de gozo, pues tenía aún más hambre que por la mañana. Al momento, zambulló la cabeza en la leche casi hasta los ojos; mas pronto hubo de retirarla desilusionado, pues no sólo la dolencia
de su lado izquierdo le hacía dificultosa la operación (para comer tenía que poner todo el cuerpo en movimiento), sino que, además, la leche, que hasta entonces fuera su bebida predilecta —por eso, sin duda, habíala colocado allí la hermana—, no le gustó nada.
  


Por fin los padres —el padre, asustado, había dado un brinco en su butaca— se tranquilizaron; el padre, a la derecha de la madre, reprochábale el no haber cedido por entero a la hermana el cuidado de la habitación de Gregorio; la hermana, a la izquierda, aseguraba a gritos que ya no le sería posible encargarse de aquella limpieza. Entretanto, la madre quería llevarse a la alcoba al padre que no podía contener su excitación; la hermana, sacudida por los sollozos, daba puñetazos en la mesa con sus manitas, y Gregorio silbaba de rabia, porque ninguna se había acordado de cerrar la puerta y de ahorrarle el tormento de aquel espectáculo y aquel jollín. Mas si la hermana, extenuada por el trabajo, hallábase ya cansada de cuidar a Gregorio como antes, no tenía por qué reemplazarla la madre, ni Gregorio tenía por qué sentirse abandonado, que ahí estaba la asistenta. 

Y rompió a llorar con tal fuerza, que sus lágrimas cayeron sobre el rostro de la madre, quien se las limpió mecánicamente con la mano.
—Hija mía —dijo entonces el padre con compasión y sorprendente lucidez—. ¡Y qué le vamos a hacer! Pero la hermana contentose con encogerse de hombros como para demostrar la perplejidad que se había apoderado de ella mientras lloraba, y que tan gran contraste hacía con su anterior decisión.
—Si siquiera él nos comprendiese —dijo el padre en tono medio interrogativo.

Pero la hermana, sin cesar de llorar, agitó enérgicamente la mano, indicando con ello que no había ni qué pensar en semejante cosa.
—Si siquiera nos comprendiese —insistió el padre cerrando los ojos, como para dar a entender que él también se hallaba convencido de lo imposible de esta suposición—, tal vez pudiésemos entonces llegar a un acuerdo con él. Pero, en estas condiciones...
—Es preciso que se vaya —dijo la hermana—. Éste es el único medio, padre. Baste con que procures desechar la idea de que se trata de Gregorio.
  


El desencanto causado por el fracaso de su plan, y tal vez también la debilidad producida por el
hambre, hacíanle imposible el menor movimiento.
  


Casualmente, llevaba en la mano el deshollinador, y quiso con él hacerle cosquillas a Gregorio desde la puerta. Al ver que tampoco con esto lograba nada, irritose a su vez, empezó a pincharle, y tan
sólo después que le hubo empujado sin encontrar ninguna resistencia se fijó en él, y, percatándose al punto de lo sucedido, abrió desmesuradamente los ojos y dejó escapar un silbido de sorpresa. Mas, no se detuvo mucho tiempo, sino que, abriendo bruscamente la puerta de la alcoba, lanzó a voz en grito en la oscuridad:
—¡Miren ustedes, ha reventado! ¡Ahí le tienen, lo que se dice
reventado!

El señor y la señora Samsa incorporáronse en el lecho matrimonial. Les costó gran trabajo sobreponerse al susto, y tardaron bastante en comprender lo que de tal guisa les anunciaba la asistenta. Mas una vez comprendido esto, bajaron al punto de la cama, cada uno por su lado, y con la mayor rapidez posible. El señor Samsa se echó la colcha sobre los hombros; la señora Samsa iba sólo cubierta con su camisón de dormir, y en este aparato penetraron en la habitación de Gregorio. Mientras, habíase abierto también la puerta del comedor, en donde dormía Grete desde la llegada de los huéspedes. Grete estaba del todo vestida, cual si no hubiese dormido en toda la noche, cosa que parecía confirmar la palidez de su rostro.
—¿Muerto? —dijo la señora Samsa, mirando interrogativamente a la asistenta, no obstante poderlo comprobar todo por sí misma, e incluso averiguarlo sin necesidad de comprobación ninguna.
—Eso es lo que digo —contestó la asistenta, empujando todavía un buen trecho con el escobón el cadáver de Gregorio, cual para probar la veracidad de sus palabras.
  


Grete no apartaba la vista del cadáver:
—Mirad qué delgado estaba —dijo—. Verdad es que hacía ya tiempo que no probaba bocado. Así como entraban las comidas, así 
se las volvían a llevar.

—Bueno —dijo el señor Samsa—, ahora podemos dar gracias a Dios. Se santiguó, y las tres mujeres le imitaron.


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